9/11 Diez años después

13 Sep 2011

México no solo está pagando los saldos negativos de un reacomodo político, económico y social a escala mundial. Tiene ahora también la amenaza, el miedo y la herida causada por una variante de terrorismo en su interior.

Un balance somero de lo que ha cambiado en el mundo una década después de los ataques del 11 de septiembre, nos pinta el siguiente cuadro: el eje del poder ha transitado del unipolarismo al multipolarismo; la economía mundial no ha tenido su mejor década de desempeño; la desigualdad se ha enseñoreado en amplias regiones del planeta; y la democracia (con excepción de algunos países de Medio Oriente) no ha tenido nuevamente grandes olas de expansión, debiendo sacrificar espacios de libertad en nombre de la seguridad. No es la Edad Media, ciertamente, pero tampoco ha sido el Renacimiento que se podía generar después de una experiencia traumática global como la de hace 10 años.

El ataque del 9/11 encerró literalmente a EU en sí mismo, un país que se había convertido en Imperio único en nombre de la libertad, el libre mercado y la globalización. Amuralló sus fronteras, endureció sus relaciones con el resto del planeta y emprendió una guerra cuyo costo fiscal lo tiene hoy en la semiparálisis económica. El paradigma de la “economía de guerra”, que en el siglo pasado permitió el resurgimiento de la economía planetaria durante dos conflagraciones mundiales, en el arranque  del siglo XXI se convirtió en una rueda de molino atada al cuello del mayor imperio mundial.

El índice de globalización diseñado por A.T. Kearny y la revista Foreign Policy, para medir la conectividad, la integración y la interdependencia de los países con el exterior, en las esferas tecnológicas, económicas, políticas, sociales, culturales y ecológicas, revela el nivel de amurallamiento y contracción que ha tenido el otrora centro imperial del mundo. De la posición 7 en al año 2003, EU bajó a la posición 27 en el año 2010. Indudablemente, la guerra resultó ser un mal negocio para el Imperio, el cual una década más tarde no sólo no ha logrado exterminar al terrorismo, sino que carga ahora con el fardo de una crisis económica y fiscal como costo adicional.

En la misma década, en cambio, China e India emergen como las nuevas potencias que disputan a EU su hegemonía dominante. El mapa multipolar actual incluye también a la Unión Europea y a la región del Asia Pacífico; así como al grupo de los países emergentes, donde destacan Brasil, Singapur y Australia. Aún es prematuro afirmar que el multipolarismo será el nuevo rostro del actual siglo; sin embargo, lo que sí está claro es el desplazamiento de EU como centro imperial hegemónico.

¿Cómo le va a México en esta década de realineamiento económico mundial? Atado, no integrado; dependiente, no interdependiente; anclado, no movilizado en términos comerciales, industriales, financieros y, últimamente, de seguridad nacional, el curso del país en los últimos diez años ha sido similar al de un satélite menor arrastrado por la cauda descendente de la estrella mayor.

En términos políticos, es la década del PAN en la presidencia de la República. Si bien el gobierno de Fox no se sumó activamente a la guerra emprendida por Bush en Iraq y Afganistán en contra de las redes terroristas (uno de los pocos aciertos del locuaz exmandatario), sí se acentuó la dependencia en una de las pocas áreas que aún mantenía márgenes relativos de independencia y autonomía: la seguridad nacional. Hoy no sólo el “libre comercio” y la industria de México dependen en un 80% de la economía norteamericana; también la seguridad nacional (en su vertiente civil y militar) está subsumida, monitoreada y fiscalizada por el gobierno de EU, en un típico proceso conocido en la doctrina internacional como “neocolonialismo”.

Por último, a una década del 9/11 es pertinente una reflexión: ¿Hay terrorismo en México? Está en curso una discusión al respecto. Tradicionalmente, el terrorismo  es un acto de violencia motivado políticamente. Hoy se plantea incorporar también la violencia por motivos religiosos, culturales o económicos, que sería el caso del narcotráfico. Lo importante ahora no es la motivación sino el objetivo del daño: la población civil inocente.

Desde este punto de vista, los ataques de Morelia en 2008 y el incendio provocado en el Casino Royale de Monterrey, son producto del narcoterrorismo, motivado por cuestiones económicas. Pero también se podría hablar de un “Terrorismo de Estado”, si consideramos que por lo menos el 10% de las 50 mil muertas violentas que contabiliza la guerra irregular contra el crimen organizado (cifra reconocida por el propio gobierno),  han sido víctimas inocentes, a manos de las fuerzas del Estado.

A una década del 9/11, México no solo está pagando los saldos negativos de un reacomodo político, económico y social a escala mundial. Tiene ahora también la amenaza, el miedo y la herida causada por una variante de terrorismo en su interior, donde los actores son tanto la bestialidad del narcotráfico como la arbitrariedad del Estado.