El hombre y su circunstancia

Ene 01 1970

Será el primer Presidente forjado en el molde de la izquierda social, no en la izquierda parlamentaria o en la izquierda burocrática fifí, la que cambia el morral por la Suburban.

 

“Yo soy yo y mi circunstancia… y si no la salvo a ella, no me salvo yo”, es una de las expresiones más conocidas de José Ortega y Gasset, que bien puede explicar la hazaña histórica conseguida por Andrés Manuel López Obrador al ganar la Presidencia de México.

¿Cuáles son las características personales del hombre que consiguió llevar a la izquierda al poder?

Por lo menos tres. La resistencia: haber sobrevivido dos fraudes electorales (en 2006 por manipulación de boletas electorales, y en 2012 por compra de voto), más un infarto, sin perder la vertical y sin ser arrollado por “la mafia del poder”, sólo puede soportarlo alguien que tiene principios y la convicción de cumplir con una misión en el país: “la cuarta transformación de México”.

Honestidad personal (que incluye congruencia entre decir y hacer) es la segunda gran cualidad. En su patrimonio no hay Casas Blancas, naves industriales de 54 millones de pesos, propiedades furtivas en el país o en el extranjero o cuentas bancarias millonarias. Ni prestanombres. AMLO es el político mexicano más cercano a la “honrosa medianía” que Benito Juárez proclamaba como indicador de honradez en el servicio público.

Dicen que cualidades personales de un mandatario, como la honestidad y la vida austera, no son suficientes para acabar de raíz con un cáncer tan avanzado como la corrupción del Estado mexicano. Puede ser. Pero sin el ejemplo personal de la cabeza del gobierno tampoco se podrán enraizar leyes e instituciones anticorrupción.

El oficio es la tercera cualidad personal. Oficio es la “ocupación habitual”, la profesión de “un arte mecánico”, la “vocación conectada con la práctica”. Desde 2005, AMLO ha ejercido el oficio de recorrer plaza por plaza, carretera por carretera, municipio por municipio, todo el territorio nacional. Ha desarrollado de manera singular el oficio del hombre que se forma en el ágora pública: hablar y escuchar.

Gracias a este oficio, a partir del 1 de diciembre tendremos al primer Presidente egresado de la plaza pública, de la res publica, no del gabinete, no del Parlamento, no de la política en el sentido tradicional del término. Su único y último cargo público fue ser Jefe de gobierno de la Ciudad de México, donde dejó una huella social y una buena administración. Pero lo de él es la plaza pública, la cuestión social. Por ello, será el primer Presidente forjado en el molde de la izquierda social, no en la izquierda parlamentaria o en la izquierda burocrática fifí, la que cambia el morral por la Suburban.

A este hombre honesto, de vida austera, congruente, forjado en la plaza y con alma social, que inició una larga travesía hace 13 años, se le acomodaron las circunstancias. Un país agraviado por la corrupción, cansado de la alternancia política sin alternativa social ni económica, harto de la partidocracia y de la democracia sin eficacia, desangrado por la violencia y agotado por el desempleo y el empleo mal pagado. Un país de “benditas redes sociales” y de jóvenes en rebeldía cívica; un país donde resucitó el nacionalismo gracias a la insolencia imperial de su vecino, y una economía mundial que ahora busca equilibrar lo local con lo global. Todas esas circunstancias le ayudaron al hombre que desde el domingo es el candidato presidencial más votado en la historia de México.

¿Cuál es ahora el desafío? En términos de Ortega y Gasset, salvar esas circunstancias que lo llevaron al poder. Es decir, transformarlas, regenerarlas, superarlas. En ello le va la vida a AMLO, al próximo gobierno y a todo el país.