El muro secesionista

13 Sep 2016

En Canadá (tercer socio comercial de EU en el Tlcan) también existe inquietud y zozobra por un posible triunfo de Trump. En específico, preocupa la cancelación del tratado de libre comercio.

Sin embargo, ni el primer ministro, Justin Trudeau, ni ningún otro actor político relevante en ese país ha planteado la posibilidad de invitarlo a palacio de gobierno y recibirlo como si fuera jefe de Estado, por la sencilla razón de que aún no lo es.

En Canadá apuestan más a Tocqueville que a Trump, es decir, al legendario sistema de contrapesos norteamericano, para evitar que un eventual triunfo del republicano se convierta en una amenaza binacional: el Congreso, la opinión pública y el cabildeo de las grandes corporaciones norteamericanas con intereses en Canadá. Tienen claro que una cosa son las promesas de un candidato en campaña y otra muy distinta las decisiones de un jefe de Estado.

En México, en cambio, tenemos otro marco de referencia. En la narrativa de Trump, los mexicanos y los musulmanes son la principal amenaza para un electorado que ve en la inmigración el principal riesgo para su seguridad y bienestar. La propuesta de un muro en la frontera con México, el estilo de Gaza y Cisjordania, se ha convertido en el ícono humillante de esta campaña.

Ciertamente, nuestra economía empezaba a resentirlo. Blindarla  habría sido la motivación central de la invitación a Trump, pasando por encima de cualquier consideración política, diplomática y hasta cultural.

El objetivo no se alcanzó, como lo demuestra el hecho de que dos semanas después el dólar está más caro y nuestra economía es más vulnerable, como lo demuestra un Presupuesto de Egresos austero y recesivo para el próximo año.

La visita favoreció al candidato republicano y perjudicó gravemente al mandatario mexicano, quien aumentó sus negativos en la opinión pública, consiguió la animadversión de los demócratas con Hillary Clinton a la cabeza, y despertó la desconfianza de un aliado capital, el gobierno de Barack Obama.

El gobierno mexicano está obligado a defender los intereses económicos y políticos del país frente a cualquiera que represente una amenaza. Pero no puede hacerlo bajo un esquema de intromisión en la política interior de otro país.

Por ejemplo, si México fuera el estado 51 de la Unión Americana (el sueño de varios priistas y panistas), su gobernador no podría disponer de los recursos, del personal y del transporte oficial para recibir a ninguno de los aspirantes a la Presidencia de la República sin incurrir en responsabilidad. Tendría que hacerlo fuera de recintos oficiales y en horario inhábil, por ejemplo.

Si un candidato a la presidencia propusiera expulsar a ese miembro 51 del resto de la Unión, mediante un muro secesionista, su gobernador no estaría dando trato preferencial al promotor de esa campaña de separación y exclusión, sino encarándolo con base en la Constitución y el sentido común que reconocen la soberanía y la libertad de los integrantes confederados.

Pero México no es el estado 51, sino el principal socio regional de Estados Unidos. Por eso la reunión con Trump no debió haberse realizado nunca en un contexto de campaña política polarizante en Estados Unidos ni, mucho menos, bajo el formato de sometimiento, sumisión y entrega que a todos los mexicanos nos agravió.