EU: ¿caída de un imperio?

28 Feb 2017

Es probable que los integrantes del gobierno estadunidense no hayan leído a ninguno de los historiadores de las decadencias de los grandes imperios (desde Platón hasta Arnold J. Toynbee o Paul Kennedy), pero sus políticas parecen seguir paso a paso la ruta de las grandes caídas imperiales.

Cerrarse al resto del mundo, levantando muros; acelerar el déficit de mano de obra en la economía productiva, poniendo obstáculos a la migración; disparar el déficit fiscal para financiar carreras armamentistas o militaristas; promover un régimen político autárquico mediante el acotamiento de libertades políticas y civiles básicas, como la libertad de expresión, y el aliento de comportamientos sociales xenófobos, racistas y de intolerancia cultural.

Después de los ataques terroristas del 11/S en 2001, Estados Unidos emprendió una serie de medidas para afianzar su seguridad que elevaron su déficit presupuestal (casi a 90% del PIB), realizó una guerra fallida en el golfo Pérsico, restringió sus vínculos comerciales con el resto del planeta, recortó inversiones en ciencia, tecnología e innovación, se desarrolló una fracción política de extrema derecha como el Tea Party (muchas de sus demandas son hoy propuestas de gobierno), padeció una crisis económica por los llamados “bonos basura” hipotecarios, creció el desempleo en todo el país, se aceleró la concentración del ingreso y la desigualdad social como nunca antes en un siglo, y se generalizó un sentimiento “antisistema” que el candidato Trump capitalizó electoralmente a su favor.

El índice de globalización KOF (escuela politécnica de Zurich) que mide conectividad, integración e interdependencia en 122 países, refleja la perdida que en este terreno ha experimentado la que alguna vez fue la potencia central de la globalización. Mientras en 2002 Estados Unidos ocupó el lugar 8, en 2007 pasó al lugar 19 y en 2010 ya estaba en el lugar 27. China, India, los llamados Tigres asiáticos y algunas naciones de Europa fueron desplazando a Estados Unidos en este mapa de la globalización, que de ser unipolar se convirtió en multipolar.

Debemos reconocer que el señor Trump no inició este proceso de aislamiento de Estados Unidos como potencia comercial, financiera y tecnológica, pero sí lo está acelerando, por decisión y mandato de sus electores. Es la forma soberana como han decido procesar y asimilar el trauma y el agravio que impuso a esa gran nación el terrorismo fundamentalista hace 16 años.

¿Qué debe hacer México? Primero, retomar su propia vía de desarrollo en torno a tres ejes: fortalecimiento del mercado interno, suficiencia alimentaria y sostenibilidad energética.

Segundo, apoyar a Estados Unidos para que le vaya bonito en su apuesta proteccionista y aislacionista. Es decir, cooperar, colaborar y coordinarse en tareas de seguridad, protección y vigilancia fronteriza, sin permitir la sumisión o subordinación a sus fuerzas armadas, ni mayores ofensas a nuestra población civil migrante.

Tercero, elegir en 2018 un gobernante distinto a la generación Lansing (políticos mexicanos que se sienten estadunidenses), capaz de promover una segunda independencia de México en un mundo crecientemente interdependiente y global.

Solo así superaremos el triste papel de punching bag al que estamos sometidos en estos días por una potencia imperial agraviada, que anda en busca no de quien se la hizo, sino de quien se la pague.