Informe de Gobierno: cuestionamientos y respuestas

Ene 01 1970

En sólo nueve meses, un nuevo liderazgo presidencial ha quedado definido. Tenemos un presidente popular, no un populista. Un Estadista, no un estatista.

Algunas preguntas y cuestionamientos frecuentes sobre el informe presidencial, y sus respuestas puntuales.

¿Por qué “Tercer Informe”? Porque previamente se presentaron el informe de los cien días (primer informe), y el del primero de julio, para conmemorar el resultado de la elección presidencial (segundo informe). Habrá que recordar que el presidente AMLO se comprometió a rendir informes y evaluaciones de gobierno cada tres meses, en promedio; es decir, cuatro veces al año.

Informe ideológico, no técnico. En efecto, es un formato diferente a los conocidos en muchas décadas. Hay más posicionamientos que cifras, y más directrices que números. Es un informe de definiciones políticas, no de enunciados tecnocráticos.

Apologético, no realista. Hubo una buena dosis de autocrítica. Sobre todo cuando habló de los escasos resultados en materia de seguridad (la violencia no se ha revertido) y del pobre crecimiento económico (sin llegar a ser recesión). Hubo tolerancia, respeto y libertad para las manifestaciones de descontento, expresadas frente al mismo Palacio Nacional, y también en la sede del Congreso de la Unión. Fue un día de aplausos y gritos, de reconocimientos y chiflidos, de menos protocolos y más libertades. No fue “el día del presidente”, sino el día de la democracia política.

Sin avances en el presente, se culpa al pasado. La relación de proyectos y programas de gobierno iniciados en nueve meses no la puede glosar ninguno de los gobiernos de los últimos 40 años. La austeridad republicana; la separación del poder político del poder económico, como postulado central de un cambio de régimen; el combate a la corrupción; los programas sociales con mayor cobertura demográfica y territorial en la historia del país; los 25 proyectos estratégicos para detonar la economía nacional, entre los que destacan la construcción de la refinería en Dos Bocas, Tabasco, el aeropuerto de Santa Lucía, el Tren Maya, el Corredor Transístmico, y Sembrando Vida; el rescate de las empresas estratégicas del sector público, como Pemex y CFE; el incremento sustancial del salario mínimo en la frontera norte; la reducción del IVA en la misma zona fronteriza; los programas de apoyo al campo, la agricultura y la ganadería; el programa de desarrollo integral para los países de Centroamérica; la relación respetuosa y digna con el gobierno de Estados Unidos, entre otros aspectos, son algunos de los avances concretos de la actual administración.

La popularidad presidencial se basa en el derroche presupuestal. El liderazgo presidencial está fincado en atributos personales e institucionales claramente identificados por la mayoría de los ciudadanos, desde Tijuana hasta Cancún. Expresémoslo con el lenguaje de la gente: “Este presidente no roba; es cercano al pueblo; es incansable y cumple lo que promete; es lo que esperábamos desde hace muchos años”.

En sólo nueve meses, un nuevo liderazgo presidencial ha quedado definido. Tenemos un presidente popular, no un populista. Un Estadista, no un estatista. Con simiente mayoritaria, no con cimientos autoritarios. Un demócrata social, no un cleptócrata imperial.

Desde la conferencia “mañanera” hasta las giras pie a tierra, tenemos un Ejecutivo federal que ha invertido literalmente la simbología de la presidencia celestial para volverla terrenal, más cercana al pueblo y a la plaza pública.

 

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