En inseguridad y pobreza, pero felices

Ene 01 1970

La felicidad —no la popularidad— es el fin último de un buen gobierno. Y generar ese estado de ánimo colectivo debe ser el objetivo de las llamadas “políticas públicas”.

La infelicidad personal se puede traducir en frustración, amargura y tristeza. Pero la infelicidad colectiva genera rebeliones, voto de castigo y caídas de regímenes.

Por ello es importante para los gobiernos atender de manera prioritaria los aspectos que, según la opinión de la propia ciudadanía, generan felicidad. Después de todo, la felicidad no la popularidad es el fin último de un buen gobierno. Y generar ese estado de ánimo colectivo debe ser el objetivo de las políticas públicas de bienestar y calidad de vida.

Con ese propósito, desde 2012, la ONU genera cada año el Índice Mundial de Felicidad, que mide la satisfacción de la población de 157 países, con base en seis indicadores (PIB per cápita, apoyo social, esperanza de años de vida saludable, libertad para tomar decisiones vitales, generosidad y percepción de la corrupción).

Otras naciones, como Bután y algunos países europeos, consideran un espectro más amplio, como bienestar psicológico, uso del tiempo, solidaridad social e identidad cultural.

En el Informe 2019 (con datos de 2018), México aparece en el lugar 23 entre los países más felices del planeta, de acuerdo con la calificación y opinión de sus habitantes. Somos más felices que quienes viven en España, Italia, China, Japón, Brasil, Argentina y Bolivia, entre otras 134 nacionalidades, pero también venimos de una caída constante desde 2012 (año en que empezó a medirse la felicidad mundial), apenas revertida el año pasado. En efecto, después de habernos ubicado en el lugar 14 en 2015, bajamos al lugar 21 en 2016 y al 25 en 2017, para remontar al puesto 24 en 2018, y recuperar un escalón más (lugar 23) en 2019.

De los seis indicadores que considera el Índice, el mejor evaluado por las y los mexicanos es la esperanza de vida saludable (posición 41 a nivel mundial), seguido del nivel de ingreso (posición 59). En cambio, los peores niveles autorreportados por la población son la generosidad (lugar 138), la libertad para tomar decisiones vitales (80) y el apoyo social (79).

De aquí se deducen recomendaciones prácticas para mejorar el nivel de felicidad. Por ejemplo, mejorar el sistema de salud y seguridad social, así como el ingreso salarial de quienes menos ganan en la escala laboral.

Las dimensiones por atender de manera prioritaria son el fortalecimiento del tejido y el apoyo social (educación, trabajo, programas sociales y valores familiares), la libertad para tomar decisiones vitales (como consultas ciudadanas, iniciativas populares y revocación de mandato, entre otras figuras de la democracia directa) y, especialmente, reforzar la lucha contra la corrupción en todas sus manifestaciones (pública y privada).

Considerar que vivimos felices, en medio de la ola de violencia, inseguridad, pobreza y desigualdad que atraviesa el país, nos habla de un bono de optimismo y esperanza que el gobierno no debe dilapidar, sino reforzar y apuntalar con políticas públicas que mejoren la seguridad, el empleo bien remunerado, la salud, la educación y una nueva moral de servicio público.

“El dinero no es la vida, es tan solo vanidad”, parece ser la divisa que sigue guiando el concepto de la felicidad en el país.

 

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