La hora del sur-sureste

Ene 01 1970

Al sur del eje volcánico del territorio nacional que, como cinturón, divide al norte y al centro de México de las zonas sur y sureste, se extiende una superficie de 55 mil kilómetros cuadrados (el 27.5 % del territorio nacional), en donde se asientan ocho entidades federativas y el 28 % de la población total, y se genera el 33 % del PIB.

 

Desde la Independencia, la región sur-sureste ha representado un desafío para el desarrollo económico nacional y un reto para la igualdad de todo tipo respecto al resto del país.

Vive una paradoja estructural. Esta región concentra los principales recursos naturales del país (desde biodiversidad hasta petróleo), pero también los mayores niveles de rezago y atraso en desarrollo humano.

¿Las causas? Se dan varias explicaciones. Hay quienes mencionan la orografía y el clima, la falta de infraestructura pública, el rezago educativo y hasta algunas abiertamente discriminatorias y racistas, como señalar que es “por la gran población indígena que allí existe”.

Los “científicos” del porfiriato, por ejemplo, consideraban que esta región “es más parecida a Centroamérica que a América del Norte” (Manuel Romero Rubio), o que “la verdadera tragedia de México es tener medio cuerpo en el fango de la pobreza y el atraso del sureste” (Francisco Bulnes). Hasta la fecha, a muchos políticos conservadores les da “asquito” la región y proponen deshacerse de ella.

Pero no sólo es un desafío de integración económica. El sur-sureste también tiene su propio reto de integración política. Por ejemplo, Chiapas se unió y se separó dos veces de la República Mexicana en el siglo XIX. En Tapachula, en la década de los sesenta del siglo pasado, se formó un movimiento local para crear el “estado 32”. Mientras que la hermana república de Yucatán también se independizó dos veces (1821 y 1841), para terminar por adherirse de manera definitiva en 1848.

En esta tendencia política centrífuga del sur-sureste debemos anotar a Guatemala y a Nicaragua, que sólo duraron unidos a México un año (1822-1823).

El centralismo político que caracterizó al país en el porfiriato y en el México del partido prácticamente único, fue una reacción histórica a estos intentos separatistas del México del siglo XIX, a los que habría que sumar planteamientos similares en el norte (Nuevo León, ante todo ejemplo).

El largo período del economicismo neoliberal agudizó todo tipo de desigualdades, entre ellas la regional. El sur-sureste se rezagó más de lo que ya estaba en el siglo XIX. Se le asignó el perfil de ser proveedor de materias primas para el desarrollo del centro y norte del país (energía eléctrica y petróleo), así como de productos agrícolas y maderables. A cambio, se le asignó a toda la región un conjunto de programas sociales, con más orientación electorera que de desarrollo, sin lograr detonar el crecimiento económico.

La 4T parece ser, al fin, la hora del sur-sureste, con tres grandes proyectos de desarrollo industrial y turístico: la refinería de Tabasco, el Tren Turístico Maya y el Corredor Transístmico, los cuales impactarán hasta la dinámica migratoria del norte de Centroamérica. Más que un “tercer país seguro”, a México le conviene ser un primer país más desarrollado en esta región.

 

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