La Independencia, 209 años después

Ene 01 1970

A pesar de haber suscrito más tratados de libre comercio que muchos otros países de América Latina, somos estadísticamente una neocolonia.

En 1810, la Nueva España era una colonia. Como tal, dependía al cien por ciento de la metrópoli española. Una sola rama económica la vinculaba con la Corona, y al exterior, la minería. El oro y la plata de la Nueva España sostuvieron la expansión económica, las guerras y buena parte del esplendor del imperio español.

Más de 200 años después, nuestro comercio exterior depende en un 80 por ciento de una sola nación, y nuestra vida social y política pende del buen o mal humor del dirigente de esa potencia. A pesar de haber suscrito más tratados de libre comercio que muchos otros países de América Latina, somos estadísticamente una neocolonia.

La guerra de Independencia duró 11 años, aproximadamente, y si bien no había ejecutómetros ni prensa que contara los muertos, diversos historiadores han estimado que hubo entre 250 y 500 mil muertos en esa gesta histórica. Dos siglos después, el país está envuelto en otra lucha interna, contra las drogas y el crimen, cuya cifra de ejecutados en 12 años ronda los 300 mil; los desaparecidos, más de 40 mil y los desplazados por violencia, 350 mil.

Si bien no hay punto de comparación entre la densidad demográfica de la nación emergente en 1810 y quienes ahora poblamos México, la violencia de hace dos siglos era teleológica, tanatológica, servía para dar vida a algo nuevo. En cambio, la violencia de ahora es tautológica (la violencia por la violencia), redundante, homofóbica y delirante. Antes se moría por la patria, hoy se mata por avaricia, codicia y hambre. El retroceso civilizatorio de la violencia actual es evidente.

Hace 209 años tuvimos los últimos virreyes, hoy tenemos miríadas de mirreyes. “El mirrey no pertenece a una tribu urbana más: se pretende la tribu elegida, la que se coloca por encima de todas las demás. Su estética y sus placeres, su ostentación a la hora de gastar, su exhibicionismo y su narcisismo suelen tener consecuencias. Es un personaje que intenta volar sobre lo que percibe como un pantano, y en el intento por no manchar su plumaje despoja al otro de su dignidad” (Ricardo Raphael).

En la Colonia, la discriminación, la marginación y la desigualdad eran un orden natural. Formaban parte del “derecho divino” de los reyes y de la sociedad estamental. Hoy, después de la revolución que nos dio “patria, libertad e igualdad”, esas mismas prácticas sociales siguen existiendo, producto ya no de un orden celestial trascendente, sino de un desorden terrenal orginado en la desigualdad estructural en el ingreso, en la educación, en el acceso a la justicia, en la geografía nacional, en el género y hasta en el color de la piel: la llamada “pigmentocracia”. Cambiamos los estamentos coloniales por las clases neocoloniales. Ya no hay guerra de castas, ahora hay lucha social de Mirreyes contra godínez: la película mexicana más taquillera el año pasado.

Entonces, ¿de nada sirvió nuestra independencia? Por supuesto que sí. Sirvió para tener un referente histórico, moral y político en el cual reflejarnos, contrastarnos y medirnos. Para saber si vamos bien o cambiamos de ruta para rectificar, adaptar e innovar.

Patria, soberanía, independencia, libertad, igualdad y democracia son valores inacabados e inconclusos, ciertamente, pero no son principios extinguibles ni desechables.

Hay que ver el pasado con los ojos del presente, decía Benedetto Croce, no para repetirlo ni para lamentarse, sino para construir un mejor futuro.

 

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