La Yemenización de México

19 Dic 2013

La reforma energética recién aprobada por la mayoría de los legisladores federales y locales lejos de hacer de México una nación independiente y autosuficiente en energía, ahondará el carácter dependiente y neocolonial de su economía y de su inserción en los procesos de globalización.

Desde su concepción hasta su diseño, justificación, instrumentación y la difusión de su contenido, esta reforma energética privatizadora ha estado moldeada por las prioridades, los apremios y los intereses extranjeros, no por los nacionales. En concreto, por los intereses del gran capital financiero internacional, vinculado al desarrollo energético.

Me explico. La globalización se está moviendo de la unipolaridad norteamericana de la segunda mitad del siglo pasado hacia un nuevo orden económico multipolar, con potencias emergentes como la región China-India, la unión europea y el pacífico asiático.

Para que Estados Unidos mantenga su hegemonía y competitividad económica en el próximo cuarto de siglo, requiere tener garantizado y asegurado un insumo fundamental: la energía. Tiene tecnología, tiene mano de obra calificada, tiene capital, tiene democracia, tiene un Estado de Derecho fuerte, pero le hace falta garantizar la energía. Y no cualquier tipo de energía, sino energía barata.

En ese camino está nuestro vecino, enfocado a la tarea de remanufacturar sus procesos industriales a partir de energía barata plenamente asegurada. Y no solamente es su prioridad económica, también es su prioridad en materia de seguridad y soberanía política. Si algo debemos tener claro después de la divulgación de documentos sobre espionaje realizadas por Wikileaks y Robert Snowden es que la prioridad de nuestros socios comerciales no es precisamente el comercio, sino las posibles actividades terroristas y las políticas energéticas de las naciones espiadas.

En efecto, hay una revolución energética en el mundo basada en el uso intensivo de gas shale y de extracción de hidrocarburos en aguas profundas y someras. Estados Unidos está incrementando aceleradamente sus reservas y la producción de energéticos, especialmente de gas natural, de tal forma que a inicios de la próxima década podría pasar de importador a exportador neto.

Esta sobreoferta de hidrocarburos tiene el objetivo de bajar el precio de la energía y depender menos del inestable mundo petrolero del Medio Oriente. Estados Unidos está promoviendo esta transición energética de manera rápida, a tal grado que la región de América del Norte podría ser al final de la década la nueva Arabia Saudita, y el Golfo de México el nuevo Golfo Pérsico. De esta manera se garantizaría la hegemonía y viabilidad económica de la América del Norte en un mundo multipolar.

¿Qué le hace falta a esta política energética integracionista, continental y trasnacional? Un petróleo y gas mexicanos abiertos y privatizados; libres de “dogmas nacionalistas”, de “paradigmas soberanistas” o de Constituciones que avalen monopolios públicos, como lo hacen los artículos 27 y 28 constitucionales que hoy se modifican.

Quiero recordarles que desde 1939, un año después de la expropiación petrolera, cuando representantes del gobierno mexicano negociaban con las petroleras nacionalizadas el monto y los plazos de la indemnización correspondiente, las compañías plantearon la posibilidad de su regreso a México, con una sola condición: que se reformará el artículo 27 constitucional que establecía la preeminencia de la propiedad nacional sobre los hidrocarburos.

74 años después, gracias a la LXII Legislatura federal y a las locales, se está cumpliendo esta exigencia.

Desde su diseño hasta su difusión, esta reforma ha tenido coordenadas, perspectivas y padrinazgos trasnacionales.

Durante la campaña presidencial, el candidato del PRI fue a Nueva York a anunciar su compromiso de abrir y privatizar el petróleo y el gas. Intercambió petróleo por votos y un reconocimiento anticipado del gran capital. Al regresar a México lo negó todo.

Como presidente electo, en Londres, anunció que el petróleo mexicano se abriría a las trasnacionales. Y al llegar aquí, lo volvió a negar.

Después, en el Pacto por México, suscribió compromisos en materia petrolera que hoy esta reforma nulifica e invalida.

Por ejemplo, el compromiso 54 dice: “Se mantendrá en manos de la Nación, a través del Estado, la propiedad y el control de los hidrocarburos y la propiedad de PEMEX como empresa pública. En todos los casos, la Nación recibirá la totalidad de la producción de Hidrocarburos”.  Con los “contratos de producción compartida” la Nación recibirá sólo un parte de la producción y con las licencias petroleras no recibirá más que regalías.

El compromiso 56 establece: “Se ampliará la capacidad de ejecución de la industria de exploración y producción de hidrocarburos mediante una reforma energética para maximizar la renta petrolera para el Estado mexicano”. Esta reforma hace exactamente lo contrario: minimiza la renta petrolera y la maximiza a los inversionistas privados.

El compromiso 57 advierte: “Se realizarán las reformas necesarias para crear un entorno de competencia en los procesos económicos de refinación, petroquímica y transporte de hidrocarburos, sin privatizar las instalaciones de PEMEX”. La asociación de Pemex con inversionistas privados implica compartir, entregar o dar en garantía las actuales refinerías e instalaciones petroleras.

Pudo más el Pacto de Nueva York, Washington y Londres, que el Pacto por México.

Allá afuera, la verdad. Aquí dentro, la mentira, la manipulación y el doble discurso.

Con esa ruta entreguista preestablecida, no debe extrañarnos que la prensa extranjera estuviera más informada y actualizada del contenido de la reforma energética que esta soberanía nacional. Una vez más, se confirmó la función de ventanilla de trámite, de resumidero de acuerdos, de lavamanos político que el poder ejecutivo y la partidocracia dominante del Pacto por México le han conferido a esta Legislatura.

Suponiendo sin conceder que dentro de una década América del Norte se convierta en la nueva Arabia Saudita del mundo, ¿qué papel jugaría México? El mismo que actualmente tiene Yemen en la cuenca petrolera arábiga, al sur de Arabia Saudita. Un depósito natural de petróleo y gas natural de los saudiárabes, no de los yemenitas, administrado por una cleptocracia política, con una de las sociedades más desiguales del mundo árabe, y con una historia política marcada por la violencia, el autoritarismo, las protestas sociales y las revueltas guerrilleras.

Esta reforma energética no está diseñada para la independencia ni para la revolución energética de México, sino para ahondar su dependencia y su condición de maquilador y exportador de energéticos. Y si no, al tiempo.