Mina de la discordia

Ene 01 1970

No es Minatitlán ni su tragedia lo que los mueve. Es la mina de la discordia y el voto de castigo que se podría extraer de ella.

 

Sólo hay algo peor que una tragedia como la de Minatitlán (“lugar de Mina”, en alusión a Francisco Javier Mina): su politización.

Aún no eran sepultadas las víctimas y ya se estaba convocando en redes a una “Gran Marcha Nacional el próximo domingo 5 de mayo a las 11:00 horas en todas las ciudades del país en contra de López Obrador y sus políticas dictatoriales y su falta de respeto a las instituciones y su incumplimiento de la Ley…”.

Todavía no se rezaba el primer rosario a las 14 víctimas fatales, especialmente al niño asesinado de un tiro en el corazón, cuando ya se convocaba a la “#MarchaDelSilencio… Por la defensa del progreso, la libertad, la legalidad y el Estado de Derecho: no al mal gobierno…”

Quienes exigían una plegaria por las víctimas de Minatitlán nunca lo hicieron en 2004 cuando en sólo tres meses hubo mil personas ejecutadas en Sinaloa, Durango y Chihuahua, al fracturarse el Cártel de Sinaloa.

Quien declaró formalmente la guerra contra las drogas en diciembre de 2006 nunca ofreció una disculpa (ni hablar de pedir perdón), por los más de cien mil muertos que dejó una estrategia fallida de seis años. Hoy se conduele por las 14 víctimas de una cruel e inhumana ejecución.

La politización de una tragedia saca a flote el cobre de quien la promueve. Las víctimas se convierten en rehenes y luego, como proyectiles, son lanzados contra el adversario. No buscan la expiación de la tragedia, sino la exhibición de la misma. Más que una cristiana sepultura, promueven una pagana tribuna para colocar y pasear los cadáveres. Más que espíritus teológicos, son impulsores escatológicos. Por ejemplo, hubo quien propuso que los 14 cuerpos de Minatitlán fuesen velados en el zócalo de la capital.

¿Realmente a la mayoría de las voces que cuestionan la postura del Ejecutivo los motiva la misericordia, la piedad y la compasión por el dolor del prójimo? Por supuesto que no. Hay algo más mundano y terrenal, como las elecciones del primer domingo de junio en seis entidades de la República.

Estas coyunturas electorales suelen contaminar y apolillarlo todo. El diálogo político se convierte en estridencia pública; la negociación parlamentaria, en negación institucional, y los acuerdos programáticos, en desencuentros partidarios. Y si a ello agregamos que las encuestas reflejan que las dos gubernaturas que están en juego (Baja California y Puebla) podrían cambiar de color, para pasar a manos del partido que se encuentra al frente del Poder Ejecutivo federal, la crispación se potencia y se desata.

En esas contiendas, como en las otras cuatro donde habrá elecciones de ayuntamientos y diputaciones locales, no se habla de lo local ni de los candidatos, ni siquiera del partido Morena. Se habla de que “el presidente AMLO y el gobierno federal” no han podido con la inseguridad ni con el desempleo. “No hay seguridad, no hay trabajo, no hay medicinas, no hay guarderías”. Es el estribillo que se escucha en las plazas y en las redes sociales.

No es Minatitlán ni su tragedia lo que los mueve. Es la mina de la discordia y el voto de castigo que se podría extraer de ella. Es la lógica electorera, cabalgando y medrando sobre la tragedia humana.

 

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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