Pánico en el estadio, miedo en el país

23 Ago 2011

Si la balacera hubiese ocurrido al interior del estadio, hoy estaría clausurado.
Hay que clausurar la actual estrategia de seguridad pública que propicia
balaceras de este tipo, porque además de carecer de efectividad,
ha fortalecido y extendido el mal que pretendía sanar.

En un pueblo que tiene por segunda religión el futbol, lo ocurrido en el estadio Santos Laguna es un sacrilegio y una pérdida de seguridad colectiva, que confirma la gravedad que vive el país. Cuando los ciudadanos ya no se sienten seguros en su casa, en las calles, en las escuelas, en los centros comerciales ni en los estadios, sólo les quedan los templos, es decir, dedicarse a rezar.

Las escenas dieron la vuelta al mundo, como no se veía desde abril del 2009, cuando se lanzó una alerta mundial por el brote en México del virus de la influenza porcina (AH1N1), que podía devenir en pandemia.

El virus de la violencia que puso en peligro la vida de 20 mil aficionados en el estadio de futbol soccer del equipo Santos de Torreón, fue nota de diarios y cadenas de televisión europeas, asiáticas y latinoamericanas.

Un día después de los hechos de Torreón, en Morelia, la tierra del equipo Monarcas que se enfrentaba precisamente al Santos de la Laguna, el asalto a una joyería por parte de un comando en el principal centro comercial de la ciudad, aterrorizó a sus habitantes y a la opinión pública.

A pesar de los esfuerzos oficiales por minimizar el impacto de la violencia (“son solo algunas regiones; dentro de estas, algunos estados; dentro de estos, algunos municipios; y dentro de estos, algunas colonias”), la realidad es que la inseguridad es considerada por dos terceras partes de los mexicanos como el principal problema del país, arriba del desempleo, la pobreza, la educación y la salud. Lo del sábado en el estadio seguramente disparará la percepción de que la inseguridad está lejos de detenerse, que cualquiera de nosotros está expuesto al peligro y que ya no hay lugar público seguro para los mexicanos.

Estamos transitando de la inseguridad al miedo y del miedo al terror, en una espiral de escalamiento de la violencia social bien conocida, que lo mismo alimentará demandas de mayor militarismo y autoritarismo de Estado, que una mayor injerencia de las fuerzas de seguridad norteamericana, que desde hace dos años han diagnosticado que México se encamina hacia el “narcoterrorismo”. Lo del estadio Santos Laguna, a pesar de que el ataque no ocurrió al interior del inmueble, sino en sus inmediaciones, ni de estar dirigido directa y expresamente contra la población civil, el impacto que generó entre ésta fue similar al del terrorismo.

El pánico del estadio está acompañado de un disparo en los delitos más sensibles entre la población, los que más duelen, los que más condenan las religiones y los códigos penales de todas las civilizaciones. De acuerdo a la ong México Evalúa, con base en datos oficiales, en los cinco años que llevamos de guerra contra el crimen el homicidio ha aumentado 95 por ciento, el secuestro 188 por ciento, la extorsión (que no existía antes de la guerra) 101 por ciento.

Antes de esta lucha, los cárteles eran cinco, focalizados en el 15% del territorio nacional. Hoy son 18 y están en más de la mitad del país, según el gobierno inglés. Antes había dos mil ejecuciones al año, hoy son 15 mil. Antes los sicarios eran calibre 22, hoy son de granada para arriba. Antes las “narcotiendas” eran tres por cada cien mil habitantes, hoy son 10. Antes el gramo de cocaína se vendía en 100 dólares, hoy se consigue en 100 devaluados pesos. Antes había fiesta y distracción en los estadios y centros comerciales, hoy existe pánico y terror.

Si la balacera hubiese ocurrido al interior del estadio, hoy estaría clausurado. Se habría sancionado a sus directivos por irresponsables y omisos. Por la balacera en el exterior, que puso en riesgo la vida de 20 mil víctimas inocentes o “daños colaterales”, no hay nadie detenido a esta hora, y las autoridades federales y estatales se solazan en justificaciones y argumentaciones exculpatorias. Hay que clausurar la actual estrategia de seguridad pública que propicia balaceras de este tipo, porque además de carecer de efectividad, ha fortalecido y extendido el mal que pretendía sanar.

Opciones existen. Un grupo de distinguidos académicos, investigadores e intelectuales de la UNAM acaba de presentar una estrategia alternativa e integral, con el título “Seguridad y Justicia en Democracia”, con 36 recomendaciones y acciones concretas. Lo que no existe es disposición a cambiar de ruta por parte del gobierno.

A once meses de una elección presidencial, que se perfila desde ahora como un plebiscito sobre la seguridad, un consenso recorre el país: la lucha contra el crimen debe continuar, pero con otra estrategia. Quien logre transformar el presente de miedo y terror en un futuro de confianza y esperanza, estará en mejores condiciones de ganar la otra guerra que se avecina, la electoral.