El péndulo político latinoamericano

Ene 01 1970

En 2008, al menos ocho países latinoamericanos eran gobernados por la izquierda, debido a que la mayoría de las sociedades entendían que ésta podría representar una respuesta a las grandes desigualdades en el ingreso y en el capital que la región experimenta como resultado de la herencia colonial, pero sobre todo, de las fallidas políticas neoliberales.

Las políticas implementadas por la izquierda en Latinoamérica tuvieron resultados positivos. En 2002, el 44 % de la población latinoamericana vivía debajo de la línea de pobreza. Para 2012, este porcentaje disminuyó en un 28 %. Si bien los gobiernos de izquierda tuvieron la fortuna del incremento en los precios de las llamadas commodities, fue gracias a la manera en la que estas ganancias se administraron y utilizaron que la región pudo avanzar y, al mismo tiempo, no verse tan afectada por la crisis financiera de 2008.

La dependencia del crecimiento de nuestras economías con respecto al precio de bienes primarios ocasionó que, para 2015, el ritmo de crecimiento de la región no fuera tan acelerado como en años anteriores, algo que las fuerzas de derecha utilizaron para empujar el péndulo político a su favor. De esta manera, ese mismo año, Mauricio Macri —un renombrado empresario— llegó a la presidencia de Argentina; en Brasil, Dilma Rousseff fue destituida y, más tarde, Lula da Silva sería encarcelado; en Perú, Ollanta Humala, de centro-izquierda, fue sucedido por Pedro Pablo Kuczynski; y en Chile, Michelle Bachelet se vio forzada a disminuir el gasto en programas sociales y, eventualmente, fue sucedida por Sebastián Piñera.

Este último país es quizá el ejemplo más claro del referido péndulo ideológico y, sobre todo, de la efectividad de las políticas implementadas desde los gobiernos socialdemócratas. En los años setenta, Salvador Allende, con una ideología claramente de izquierda, fue electo presidente. Su mandato terminó con el golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet, quien se perpetuaría en el poder hasta 1990. El primer presidente electo democráticamente después de la dictadura fue Patricio Aylwin, con una postura de centro-izquierda, quien puede ser considerado de derecha, pero en el contexto en el que vivía Chile se posicionó en la izquierda, al igual que su sucesor Eduardo Frei.

El siguiente presidente chileno fue Ricardo Lagos, quien sí tenía una clara ideología de izquierda e implementó distintas políticas sociales al reducir el gasto en la rama militar y triplicarlo en educación. Al mismo tiempo, introdujo el seguro de desempleo y programas de salud universal para ciertas enfermedades; también creó el programa Chile Solidario, cuyo objetivo era abatir la pobreza. Su sucesora, Michelle Bachelet, quien también tiene una clara ideología de izquierda, puso en marcha políticas contracíclicas, al incrementar el gasto público en el año 2009, de cara a la crisis financiera de 2008. Su gobierno fue sucedido por el de Piñera, de derecha, en 2010, y nuevamente en 2018.

Si bien es cierto que, en países como Chile, desde 1990, ha existido una libertad democrática que permitió la instauración de gobiernos de derecha y de izquierda, también es verdad que otros países de la región están regresando a la peligrosa ultraderecha que, en ocasiones, raya en el fascismo. Tal es el caso de Jair Bolsonaro, de Brasil, quien, con el apoyo institucional, desacreditó la administración de Rousseff y encarceló a Lula da Silva. Las declaraciones recientes de Bolsonaro, en apoyo a los actos cometidos durante la dictadura pinochetista, deben de preocuparnos como región y como seres humanos.

México no es la excepción, aquí también el populismo de derecha se ha dedicado a atacar constantemente a la izquierda. Lo hizo desde el poder, al inicio del siglo XXI, utilizando las instituciones a su antojo para, como en el caso de Brasil, tratar de frenar el avance de un proyecto transformador. Las mismas antiguas y desgastadas fuerzas son las que hoy en día están intentando destruir, dividir y detener el avance de la Cuarta Transformación. Se trata de un mal refrito que, a falta de argumentos reales, sólo le queda destruir, dividir y polarizar al país, con la esperanza de recuperar el poder.

Afortunadamente, en México hemos iniciado un proceso de transformación que ha sido capaz de resistir los embates de la derecha. Después de un año de gobierno, está claro que se lograrán los objetivos de reducir la pobreza y la desigualdad, acabar con la corrupción y los privilegios, y construir una sociedad más justa. Como en el resto de la región, seguiremos enfrentando resistencias por parte de quienes quieren que el statu quo permanezca, pero a través de las instituciones democráticas, y no por medio de artimañas y descalificaciones. Siempre defenderemos el proyecto de la Cuarta Transformación, que logrará balancear el péndulo ideológico para, finalmente, implementar los cambios de largo plazo que la nación reclama. El mundo nos está observando.

 

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