Santos Antonio Gonzalez Esparza

18 Ago 2016

Por Ricardo Monreal Ávila

Maestro brillante, abogado competente, amigo excepcional, Santos Antonio González Esparza dejó de existir el pasado fin de semana, en la Ciudad de Guadalajara.

Lo conocí en 1976, al ingresar a la Facultado de Derecho de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Aún recuerdo con aprecio esos años universitarios. Originario de Villanueva, pronto se identificó con los que veníamos de Fresnillo, de la prepa tres, entre ellos, Tomás Torres Mercado.

Era un alumno de diez. Especialmente diestro en Teoría del Derecho y en Derecho Romano. Siendo estudiante contrajo matrimonio con Amalia, su primera esposa. Cinthia fue su primera hija. Me pidió que la bautizara. Así que también fue mi primera ahijada y Santos, mi primer compadre.

En 1983, la UAZ becó a un grupo de recién egresados de la facultad de derecho para continuar estudios de posgrado en la UNAM. Eran los tiempos donde el Estado mexicano tenía como prioridad la educación pública de calidad, apoyaba con becas a los estudiantes de escasos recursos y la universidad era el canal de movilización social y económica más importante.

Así llegamos a la Ciudad de México Tomás Torres, Aída Lugo, Víctor Infante, Luis Gilberto Padilla y Santos Antonio. Compartimos la casa de huéspedes. En la colonia Narvarte. Eran los tiempos donde la movilidad era accesible y rápida. Hacíamos 15 minutos a la Universidad. Hoy es el doble de tiempo. Salíamos a las seis con 30 minutos cada mañana, de lunes a viernes, para llegar quince minutos antes a la primer clase, la de las siete.

Los autores de los libros que leíamos eran a la vez nuestros maestros: Ignacio Burgoa, el “Rey del Amparo”, con su obra maestra “El Juicio de Amparo”; Jorge Carpizo; Raúl Cervantes Ahumada; Hector Fix-Zamudio; Jorge Fernández; Raúl Carrancá y Rivas; Diego Valadés; y una larga lista de maestros-autores ejemplares. Entre ellos, don Alberto Trueba Urbina, impulsor del nuevo derecho laboral en el país, quien influyó mucho en la formación de Santos Antonio.

Nuestro amigo no se quedaba con ninguna duda. Preguntaba, explicaba, debatía, ponía ejemplos…y apuntaba. Todo lo anotaba en sus libretas. “Te imaginas, ¿si estuviera en Zacatecas, cuando tendría la oportunidad de preguntar en directo y en persona a estas eminencias del derecho?”, así justificaba nuestro amigo y compañero sus inquietudes.

La vocación y la experiencia profesional lo llevaron por el camino del derecho laboral. Era su fuerte. Mucho tuvo que ver su experiencia personal. Desde adolescente, Santos Antonio trabajo como peón en un almacén comercial, en tareas de faena y fajina rudas, para costearse sus estudios. Así fue en la preparatoria y en los primeros años de la universidad. Sabía de la vida dura de un trabajador, de un empleado y de la gente que viene de abajo.

En la Ciudad de México también trabajó, pero ya en despachos de abogados y llevando sus primeros asuntos profesionales. Combinaba estudio con litigo. Una combinación muy productiva. Esto le llevó a ser reconocido como uno de los mejores promedios y estudiantes de la División de Estudios de Posgrado de la UNAM.

Era un excelente conversador. Le entraba a los problemas con decisión y buen sentido del humor. En lo profesional fue muy metódico, en lo laboral muy disciplinado y en lo social muy conservador. En lo político, me apoyó con determinación y  convicción en 1998, cuando dejé el PRI para competir y ganar la primera gubernatura de oposición en el estado.

De su trascendencia por este mundo habla su trayectoria personal, su labor profesional, pero ante todo su familia: Dulce Guadalupe, se segunda esposa, Cinthia, Dulce, Omar, Ángel y Santos Antonio, quien es actualmente alumno de excelencia en la facultad de derecho de la UNAM y mi colaborador cercano en la Delegación Cuauhtémoc.

Descanse en paz, un buen amigo que solo tomó la delantera de un camino por el que todos, tarde o temprano, habremos de transitar.

Fuente original: DIARIO NTR Zacatecas