TLC: razones para esperar

Ene 01 1970

Las negociaciones del TLC deberían ser concluidas por el próximo presidente y por el próximo Congreso, a fin de no heredar un tratado malhecho o una camisa de fuerza a todos los mexicanos.

 

1) ¿Qué pueden negociar una presidencia “que está acabada” (Steve Bannon, estratega del señor Trump, dixit) y una que está por acabar: la de México? Los incentivos predominantes en ambos lados son eminentemente políticos, no comerciales ni económicos. Un lado busca afianzarse y cumplir a su electorado la promesa estelar de “acabar con el TLC”, mientras que la contraparte tiene prisa por relanzar su administración y proyectar la percepción de que dejará una herencia histórica al país.

2) Las prisas políticas son veneno puro para las negociaciones comerciales y económicas de largo alcance. Sobre todo cuando se actúa en función de la próxima elección (presidencial en México y de medio término en EUA) y no de la próxima generación. En esas condiciones, cuando se negocia con plazos fatales en el calendario, las partes terminan firmando lo que sea, al precio que sea.

3) Hay desigualdad estructural en la visión, la capacidad y la experiencia de los equipos negociadores. Los perfiles así lo revelan. El equipo estadounidense tiene cuatro décadas negociando tratados de ligas mayores, a su imagen y semejanza, mientras que el nuestro tiene 24 años negociando un solo tratado (1993) y replicando el mismo con otras naciones del planeta. Pero la desigualdad mayor está en la actitud: mientras la consigna del gobierno norteamericano es obsequiar las menores concesiones posibles a un socio que sólo ha aportado presuntamente déficit, migración ilegal y drogas criminales en el balance general, la parte mexicana trae la consigna contraria: ceder lo más posible con tal de que EUA no se salga del TLC. La primera visión es la del gobierno de una nación imperial, y la segunda corresponde a negociadores de una nación satélite, subordinada o neocolonial.

4) El TLC ha reportado beneficios a sectores de ambas naciones. Pero no se puede negar que también ha perdido su impulso inicial, y ahora, tanto en Estados Unidos de América como en México y en Canadá, afloran los saldos negativos. Un ejemplo, el empleo. Del TLC dependen de manera directa 4 millones de estadounidenses y 6 millones de mexicanos. Pero la diferencia salarial entre unos y otros es abismal. Mientras un trabajador de la industria automotriz en México gana 8 dólares promedio por hora por armar un vehículo Ford, un trabajador estadounidense gana 34 dólares por el mismo trabajo. Esta diferencia es considerada por el señor Trump como dumping o competencia desleal, mientras que para el gobierno mexicano es una “ventaja competitiva”. El TLC ha dejado empleos en México, pero mal pagados, y esta distorsión busca arreglarla el gobierno norteamericano, no el mexicano, incluyendo el tema salarial en el TLC renegociado. Sabe que con salarios más altos, México perdería cualquier atractivo para la inversión.

5) Hoy México crece menos, es más desigual, con mayor pobreza, más violento y más corrupto que hace 25 años. Por supuesto, esto no es responsabilidad del TLC. Pero es legítimo reflexionar que si en 20 años el TLC no contribuyó a corregirlos, ¿qué nos hace suponer que un tratado renegociado de prisa, de manera improvisada y con calendario político sí lo logrará?

Por todo ello, las negociaciones del TLC deberían ser concluidas por el próximo presidente y por el próximo Congreso, a fin de no heredar un tratado malhecho o una camisa de fuerza a todos los mexicanos.

ricardomonreala@yahoo.com.mx 

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